sábado, 30 de octubre de 2010

LAS LLUVIAS DE OCTUBRE


La Partida

“España camisa blanca de mi esperanza
aquí me tienes nadie me manda
quererte tanto me cuesta nada.
Nos haces siempre a tu imagen y semejanza
lo bueno y malo que hay en tu estampa
de peregrina a ningún lugar”.
Ana Belén


Aunque aun se percibía en el ambiente el olor de la vendimia y la brisa conservaba una lejana tibieza del verano reciente, ya empezaban a verse los picos de las montañas del otro lado del valle plateados por las nieves que comenzaban a formarse. Aurelio no tuvo nunca la certeza de que este recuerdo correspondiese a una vivencia suya de los inicios de los años cincuenta o solo era una de esas imágenes que nos formamos algún día de nuestra infancia y que, a fuerza de rememorarla acabamos por creerla real. De lo que sí está por completo seguro es de que, con la llegada de octubre, comenzaron a acortarse los días y a llenarse el cielo de esas nubes plomizas y cargadas que parecían estar a un par de palmos de las torres de la iglesia. Las lluvias nunca fueron escasas por esas montañas en ninguna época del año, pero por octubre solía llover tan seguido y tan copiosamente que, a pesar de la considerable distancia entre el pueblo y el rio, en el silencio de la noche podía oírse la fuerza de su crecida.

Abraham Lojem, padre de Aurelio y de sus siete hermanos, para matar la casi total inactividad en la que vive en este pueblo desde cuando tuvo que dejar su cátedra en Salamanca hace ya cinco años, juega al mus con Don Valeriano Arellano, también emigrado y también como él, después de tener que dejar su cátedra en su querida Navarra. Entre partida y partida, hablan largamente y sotto voce de los días que han de llegar y de cómo retomarán sus vidas docentes cuando estos tiempos que ellos consideran oscuros, pasen. Hoy, como casi nunca, han visto pasar varias veces por el bar al mulato Federico, sargento de la Guardia Civil a quien los lugareños apodan así, no por serlo sino por su piel agitanada, extraña entre las gentes de la región. Federico ha saludado, más dirigiéndose a Abraham que a Valeriano a quien no parece tenerle gran simpatía por sus, a veces, imprudentes y altisonantes diatribas contra el Régimen.

Aunque Abraham tiene más razones y mejores argumentos para no querer bien al gobierno, ha optado por la prudencia porque sabe que, si dijera lo que piensa, además de las ya muy dolorosas experiencias por las que pasó él con su familia cuando tuvo que salir de Castilla, tendría con seguridad otras aun peores ahora que al supuesto pasado “anarquista” que le endilgan, le han sumado el “delito” de ser sefardí. Recuerda que en esos días aciagos de su partida de Salamanca, no valió su brillante trayectoria como profesor ni que su padre y su abuelo lo hubiesen sido en el mismo claustro. De nada sirvieron sus amigos con tan buenas amistades entre los del gobierno. Todo cuanto se intentó, dio contra frías respuestas de los funcionarios y de evasivas de quienes podían ayudar. Nada pudo hacerse salvo asumir que después de tantos años de estudio y trabajo, debía afrontar un futuro incierto, sin trabajo en lo que sabía y le gustaba hacer y con su numerosa y querida familia a la que debía educar administrando con habilidad nunca aprendida los magros recursos que pudo rescatar de la insidiosa burocracia enemiga. Nunca comprendió la razón de esa sañuda persecución. A pesar de ser él un hombre que defendía con ahínco sus ideas liberales, nunca promovió ni aceptó los actos de violencia como expresiones políticas ni permitió que en su presencia se hablase de ellos. Fue por eso para él una sorpresa enorme cuando en la Universidad le comunicaron casi escuetamente que había sido reemplazado en su cátedra y que, desde ese día, no era bienvenido.

Malvendió lo que pudo de sus bienes y se resignó a aceptar que otras de sus pertenencias, según los funcionarios, no le pertenecían. Con el dinero que pudo juntar, tomó su familia y partió para Asturias, la tierra de su mujer.
Hace tres años había llegado al pueblo casi por idénticas razones Valeriano Arellano y eso había alegrado en la medida de lo posible la vida casi bucólica que llevaba Abraham hasta entonces. Tanto por afinidad profesional y cultural como de destino, casi de inmediato hicieron migas y empezaron a compartir las tardes en el bar de Martin donde, tomando café y algún que otro coñac cuando la ocasión lo ameritaba, pasaban largas horas jugando la partida y hablando. Eran tantas las coincidencias de sus vidas que muy pronto llegaron a sentir un cariño entrañable el uno por el otro y, aunque en la alta madurez difícilmente se llega a hacer amistades profundas, estos dos hombres habían construido una de esas relaciones que parecían de toda la vida. Los dos amaban a sus esposas e hijos por encima de cualquiera otro afecto pero, según llegaron a confesárselo, se tenían tan grande mutuo cariño que muchas tardes, a pesar del deseo de ver cada uno a los suyos, les costaba separarse y prolongaban sus conversaciones, a veces, rizando el rizo.

Esta fue una de esas tardes en las que, a pesar de que la noche se venía encima y el aguacero empezaba a arreciar, Valeriano permaneció remolonamente en el bar sin decidirse a subir a su coche, uno de los poquísimos del pueblo, para irse a su casa a un par de kilómetros de las últimas casas. Antes de decidirse por salir del bar, preguntó a Abraham si había visto a dos hombres jóvenes, desconocidos en el pueblo, que hace unos días se les veía por ahí. Agregó saber que uno de ellos era del pueblo guipuzcoano de Rentería a quien había conocido por haber pasado él una temporada allí hace unos años, aunque el chaval parecía no recordarlo en lo absoluto. Respondió Abraham haberlos visto hace un par de semanas en Mieres, donde fue a visitar a un viejo conocido, y que, al verlos en el pueblo, pensó que eran maestros nuevos recién llegados que trabajarían en la escuela. No lo eran según Valeriano porque en la escuela no habían abierto nuevas plazas. Dejaron el tema y salió cada uno para su casa; Valeriano en su coche tomó dirección hacia la carretera comarcal y Abraham a pie, cruzó la plaza, dobló la primera esquina y entró en su casa sita enfrente del cuartelillo de la Guardia Civil.

Al entrar en su casa, su sorpresa fue grande de encontrar en ella al cura del pueblo, Don Domingo Fernandez, amigo de su mujer Isabel con quien compartían la ilusión de hacer de Aurelio, su pequeño hijo, cura católico. Él, aunque no pertenecía a ninguna iglesia, nunca se opuso a esa idea porque consideraba que, puesto que su mujer, que provenía de una familia que había mantenido su trayectoria racial judía pero eran conversos católicos desde hacía generaciones con convicción y comportamiento ejemplar, era quien podía dar a sus hijos la guía en cuanto a qué fe abrazar. Su familia era por tanto, lo que puede decirse una familia católica en la que, junto a algunas tradiciones judías, - aquellas que no reñían con las del cristianismo-, seguían todos los preceptos de la iglesia católica de bautizo, confirmación, confesión y comunión frecuentes y misa los domingos a la que solo faltaba Abraham padre. Don Domingo e Isabel hablaban a menudo pero, desde que llegaron al pueblo, era la primera vez que el cura visitaba su casa. Saludó Abraham con la amabilidad debida y se sentó en el salón a participar de la conversación. El cura le dijo enseguida que era con él con quien quería hablar y, por su tono, era evidente que se trataba de algo muy serio. Sin mayores rodeos, fiel a su comportamiento directo, abordó el tema de forma franca. Le pidió no insistir en querer saber de qué fuente había obtenido la información pues le era imposible revelarlo. “Debo advertirlo, le dijo, que hay gente que, si permanece usted en el pueblo, va a matarlo”. Abraham, con algo de incredulidad argumentó que habían pasado ya doce años desde el fin de la guerra y que esas eran cosas del pasado; que aunque aun perseguían a los republicanos verdaderos o presuntos, ya había pasado el tiempo en que se mataba a la gente por esa razón y que, todo el mundo sabía que él, aunque tantos malquerientes lo señalaban como “rojo”, nunca tuvo nada que ver con republicanos ni con nacionales. Que a pesar de las dolorosas experiencias por las que había pasado, sabía que nadie tenía nada contra él y que en el pueblo, aun los “fachas” más connotados le hablaban con respeto y consideración. La conversación se prolongó y el cura cenó en casa para seguir hablando. Después del coñac con que remataron la velada, Don Domingo perentoriamente sentenció que, puesto que sabía el amor que profesaba a su familia, su deber como padre era el de abandonar la región de manera inmediata para preservar su vida. Sabía muy bien que no era hombre de falsas alarmas y debía tomar en serio sus advertencias, hechas por obligación cristiana y por apreciar sinceramente a esa familia que, “un día no lejano nos dará un nuevo sacerdote para la Iglesia”. Al despedirse, por primera vez el cura abrazó cálidamente a Abraham y le repitió que esperaba ser atendido en sus recomendaciones.

Al quedarse solos, los esposos hablaron con preocupación del tema, intentaron analizarlo pero, puesto que debían madrugar para que los chavales vayan a la escuela, acordaron que lo hablarían y decidirían a la mañana siguiente. Abraham por su parte, pensó en comentarlo con Valeriano para conocer su opinión.

Antes de clarear el día, los niños, Abraham hijo, Luis y Rosendo, salieron para la escuela mientras los pequeños, Aurelio y Edilma aun dormían. Abraham e Isabel retomaron el tema. ¿Debían tomar en serio la advertencia del cura? ¿Era posible que siguiera alguien manteniendo una malquerencia gratuita contra ellos cuando nada habían hecho para merecerla? Según Abraham, no era creíble que el Gobierno ordenara ese tipo de cosas ni que las tolerase. Pero, ¿si no era el gobierno, quién podía ser? Sabían que Don Domingo no hablaba por hablar, que era un hombre al que se le debía creer y que, con seguridad, la advertencia era seria. ¿Qué hacer? ¿Quizá marchar a Zaragoza donde estudiaban en el Instituto las hijas mayores, Blanca, Ilia y Berta bajo la tutela de Isidora, prima de Isabel?

Ya avanzada la mañana, como a las 11, estando los esposos en plena discusión de las posibilidades,sonó la aldaba de la puerta. Salió Abraham a abrir y se encontró con la cara del sargento Federico quien saludó como siempre pero, con cara de circunstancias le dijo que, puesto que había sido el último en hablar el día anterior con Valeriano, debía acudir al cuartelillo a dar una declaración. Asombrado Abraham quiso saber qué le había pasado a Valeriano, pero el sargento se negó a contestar puesto que solo se lo diría formalmente en el cuartelillo en presencia de la autoridad civil.
En el despacho, junto a un escribiente del Ayuntamiento, estaba Don Domingo, el cura. Con un breve saludo, el sargento fue directo al grano. Esta madrugada, dijo, la ronda de la Benemérita ha encontrado a un kilómetro del pueblo por la carretera de la montaña, muy cerca ya de su casa, el coche abandonado de Don Valeriano y a él a pocos pasos con un tiro en la nuca. Abraham vio en su mente la cara rubicunda de Valeriano, oyó su risa estentórea, sintió su fuerte mano apretando la suya en cada saludo y despedida y, por primera vez en su vida, aunque él creía haber experimentado ya todas las emociones, sintió un estremecimiento que lo recorrió de pies a cabeza. Empezó a ver a los presentes a través de una cortina líquida y unos gruesos goterones empezaron a fluir desde sus ojos mientras su garganta se ahogaba con un grito que no llegó a salir. Comprendió que cuando un amigo -en este caso un hermano- muere, se lleva consigo las alegrías que han vivido juntos, las ideas que se han compartido y las ilusiones que se han esbozado llevándose también una parte del color de las cosas y de la luz del día que nunca volverán a ser los mismos. Con un enorme esfuerzo y después de unos segundos que a él le parecieron horas, pudo al fin levantar la cabeza que había inclinado para preguntar qué había pasado. Federico explicó que era todo lo que sabían: el coche abandonado y Don Valeriano asesinado en la cuneta de la carretera, y que por el estado de rigidez del cadáver y la sangre ya coagulada, el crimen debió ocurrir en las primeras horas de la noche anterior. Todos habían visto a Abraham despedirse de Valeriano, a éste tomar su coche y salir hacia la carretera y a Abraham hacia su casa. Él mismo, el sargento, lo había visto llegar a los pocos minutos a su casa y Don Domingo confirmaba haber estado en su casa con él hasta la media noche. Por tanto, esta era solo una citación protocolaria porque no había sobre él ninguna sospecha. Solo se trataba de llenar un trámite. Debía firmar el acta de esta diligencia y agradecían su ayuda.

Salió Abraham con el cura a la calle sin poder articular una palabra. Sólo cuando iban en media plaza, pudo al fin preguntar a Don Domingo si él creía que esto tenía algo que ver con lo que habían hablado la noche anterior. Contestó éste que sin duda y que confirmaba lo ocurrido la absoluta urgencia de que debía marcharse cuanto antes con su familia. Acordaron verse en una hora en su casa para ir con Isabel a casa de Valeriano a acompañar a la familia y a ofrecer ayuda en caso de ser necesaria.

De ahí en adelante, todo ocurrió, según recuerda Aurelio, de manera muy veloz. El entierro de Valeriano, las conversaciones de su padre con el cura y las constantes diligencias en el Ayuntamiento y la notaría del pueblo, el viaje un domingo con sus padres y sus hermanos a Oviedo con muchas maletas, y el mismo día el viaje en tren desde Oviedo a Zaragoza donde se juntaron con sus hermanas mayores. De ahí a Huesca y de Huesca a Jaca. Luego, de Jaca, a pié pasando la montaña helada para llegar a Francia para evitar los puestos fronterizos según le habían recomendado a Abraham algunos amigos en Huesca. Nunca olvidará Aurelio el frio hasta entonces desconocido que sintió en esas doce horas de caminata por las montañas para pasar la frontera. Después, el autocar que los llevó a Pau donde vivía desde antes de la guerra Salomón, hermano de Abraham. Ahí vivieron un año y, aunque de manera aun muy infantil, empezó a pensar en la vida. ¿Por qué tuvieron que dejar su pueblo? ¿Por qué debían vivir en un pueblo desconocido donde la gente hablaba en otro idioma? ¿Por qué mataron al tío Valeriano? Sólo muchos años después llegaría a saberlo cuando ya era un recuerdo lejano aquel pueblo francés donde los Lojem empezaron a ser extranjeros por todo el mundo.